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Un maravilloso viaje a lo más recóndito.

Me propuse realizar un viaje “humanamente imposible”.

Conecté con mi mente creadora que es capaz de viajar a mundos desconocidos.

Esta vez decidí tomar los mandos de la nave y dirigirla yo.
Esa-mente nave que viaja por lugares recónditos no iba a llevar el control, ni yo iba a ser su marioneta

El control era mío y ella debía seguir mis instrucciones.

Cerré mis ojos y me visualicé en lo alto de un bello mirador.
Desde esas alturas observaba el horizonte y abajo veía pueblos y ciudades.
Puntos diminutos se movían, aparentemente sin sentido, de un sitio a otro.
Esos puntos eran personas que iban y venían, a saber de dónde y hacía donde.
Todo me pareció un caos, pero un caos perfectamente orquestado.

Me elevé aún más, me seguí elevando poco a poco.

Vi más allá de pueblos y ciudades.
Vi comarcas enteras, países y continentes. Tierras verdes, tierras marrones, mares azules turquesa, océanos azules y verdes.
No vi fronteras, ni razas, ni géneros, ni clases.

Seguí subiendo. Las nubes me permitían contemplar formas y colores.
Vi luz, mucha luz, una luz bellísima.
Vi una esfera de forma no tan perfecta como la que me enseñaron en la escuela.
Esa esfera tenía vida propia, respiraba, se retorcía, palpitaba.
Esa esfera, la Tierra, éramos todas y todos en uno. Nuestro cobijo, nuestro hogar.

Subía y subía cada vez más.
Hasta que esa esfera maravillosa se convirtió en un punto brillante.
A su lado otros puntos y en el centro el mayor de todos. Ese Sol emanaba luz, calor, energía, sustento. 
Todos los puntos brillantes giraban en torno al Astro Rey.
Todos bailaban una danza elíptica perfecta en armonía, un perfecto sistema, el Sistema Solar.

Me fui alejando más y más.  
Sentí algo de miedo, me alejaba mucho, entraba en lo desconocido.
Vi más soles, más lunas, más planetas y estrellas, aparentemente inconexas.
Pero solo aparentemente. Todas brillaban, todas bailaban su danza en una sinfonía divinamente orquestada.
El estado de uno de esos “simples” puntos de luz, afectaría a los demás.
Toda transformación de cualquiera de ellos, transformaría al sistema completo.

Seguí subiendo y subiendo, invadido por una extraña sensación.
Cuánto más me alejaba, más temor tenía.
Pero al mismo tiempo sentía que más me acercaba y más paz latía en mi.
Era como salir del vientre materno para respirar por mi mismo con la vida.
No me atreví a ir más allá, aunque supe qué había allí, supe que volvería.

Rehíce mi camino de vuelta y retorné a una velocidad mágicamente cuántica.
Regresé a aquel mirador donde estaba al principio.
Sin embargo, no me quedé ahí, el viaje continuó hacia dentro de mi.
Vi mis músculos, mis huesos, mis órganos, mi sangre.
Y más adentro, vi vida microscópica dentro de mi cuerpo.
Tejidos, moléculas, células, átomos …
Supe que era mi cuerpo, pero podía ser el de cualquier otro ser hermano.

¿Sabes que me pareció?

Qué parecían puntos inconexos, que aparentemente cada cual iba a lo suyo.
Que una célula de mi piel no se podía ni imaginar que el Sol existe.
Eso le pareció a mi mente limitada solamente.
Porque decidí seguir expandiendo mi consciencia para comprender.

Comprendí que mis moléculas y células.
Que las estrellas y los planetas.
Que los seres vivos; personas, animales, flores, plantas …
Somos lo mismo. Formamos parte de un maravilloso sistema vital.
Figuradamente desconectados, pero formamos parte de Un Ser Vivo que nos trasciende.

Que la destrucción de un cuerpo celeste, puede sembrar el caos en el sistema.
Que una célula “loca” puede destruir un cuerpo de billones de células.
Que tu vida está conectada con mi vida, con la vida de los demás y la mía con la tuya, con la de los demás.
Pude ver lo que ya sabía, cuán importante es trabajar la Paz interior, la Armonía y la Alegría, desde el Amor.

Porque en ese estado de alta vibración no solo soy creador de Bienestar para mi, sino que contribuyo humildemente a la Paz, Armonía y Alegría de todo aquello a lo que estoy Unido por la energía más poderosa del Universo, el Amor incondicional.

Un abrazo.

 

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